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domingo, 29 de noviembre de 2015

San carlos

La marea blanca de tu nieve atropello también en mis cienes y fue ahí en ese momento que me di cuenta que el tiempo había pasado.
Tu carne trémula y despiadada fue fulgor lúgubre en mis ansias.
Tus pechos como oasis me invitaron a arrancar la sed de mil años.
Tu vientre juvenil y delicioso se disolvió en mi boca como la miel.
Tu lágrima tardía allí en ese hotel me atravesó el corazón como cupido y tus ojos que son dos gemas de ámbar me cautivaron para siempre.

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